Un día en la Plaza Mina de Cádiz

Plaza Mina

Muchos de mis recuerdos de la ciudad de Cádiz comienzan y terminan en su célebre Plaza de Mina, una especie de bosque familiar, orgullo de todos los gaditanos. Aún la veo paseando por las mañanas, bien temprano, silenciosa, al arrullo del canto de los pájaros y el murmullo de los pocos turistas que a esas horas ya recorrían, mapa en mano, su intrincado laberinto de ramas y hojas esparcidas en el suelo.

La Plaza Mina se convierte y se hace diferente hora tras hora. Un poco más adelante, van abriéndose los comercios, y el olor a café y pan caliente desnuda el aire de nuevas sensaciones. Siempre me acercaba con cariño al escaparate de la Librería Falla, con el deseo algún día de poder leer todos los libros que allí se exponían.

Al mediodía, los turistas, durante su estancia en Cádiz, se sientan a tomar el aperitivo en las terrazas de los bares, los niños compran chucherías en el quiosco, y un pasillo de palomas busca la mano de aquel abuelo que, como cada día, siempre viene con pan duro en una bolsa blanca de plástico.

La tarde es patrimonio de los niños que, al salir de los colegios, recorren la plaza con sus juegos. Sus madres se sientan en los bancos, charlando en grupo, y los estudiantes universitarios buscan el tibio aroma del café del Callejón del Tinte. Cuántas tardes estudiando las últimas letras, los últimos apuntes, manchados siempre con la gota de algún sorbo nervioso de café.

La noche, siempre que no sea fin de semana de invierno, vuelve a ser de nuevo colofón del silencio. Algunos turistas se sientan en las terrazas, al amparo de la última copa de la tarde. Los niños vuelven a sus casas, el quiosco cierra su antigua ventana de chucherías, y las copas de los árboles sirven nuevamente de descanso a cientos, diría que miles, pequeños pájaros de colores.

Así hasta que mañana, nuevamente bien temprano, recorra en silencio el espíritu de la plaza. El sonido de los pájaros me indicará el camino.

Foto Vía Uca

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